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Ortigueira no es Niuyó

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Emma Suárez entró desbocada en la cervecería Santa Bárbara de Alonso Martínez. Era en agosto de 2005 y yo acaba de estrenar una nueva moto. Convencido de que venía a saludarme, me quedé impávido en la puerta mientras el nimbo de su perfume me envolvía y paralizaba. “Póngame otra cerveza, por favor, y unas cigalitas” “¿no prefiere unas patatas fritas” respondió el camarero. Emma sonrió y se llevó bajo el brazo el guion que había venido a buscar.

Esto no ocurrió en exterior día, ni en interior tarde: fue una nebulosa de la mezcla de efluvios nada más bajar del avión. “El olor a queroseno y la funesta manía de las comparaciones” sentenció Rivera de Tormes, un cauto alquimista que me acompañó en aquel viaje. Era nuestro primer salto transoceánico. Por eso en la terraza del bar Caracas no se fía ni a los transeúntes: “esto no es Niuyó” dice Antón, uno de sus dueños aparentes o aparecidos. Y tiene razón, Santa Marta de Ortigueira, al norte de todo presagio y sensación, no tiene nada que ver con la ciudad que alberga Manhattan entre otras curiosidades: es un tráfico de personas en sí mismo por callejuelas que no tienen curvas ni estrecheces ni líneas rectas, porque son la oblicuidad que se pierde en el tiempo. Por ella, mis bisabuelos sin conocerse, un Teijeiro y una Durán, ¿o era Mato? No lo sé. Pero esperaron a La Habana y a la capilla de los catalanes para conocerse y casarse. Sería mucho decir o considerar ese hecho como algo fundacional en mi vida. Tanto como relatar que mi primera visita a una imprenta, la absorción del olor de la tinta que aun permanece inalterable, se produjo en el cantón de Ortigueira. Después hubo más tintas y más visitas. Tampoco puede ser fundacional en sentido estricto, constituyente quizás –palabra de moda- quintaesencial puede. Predeterminación sería más ajustado a la vista de los menesteres que me han ocupado y me ocupan. Pero todas las comparaciones son inútiles, ya se ha escrito, esta y las que resten.

Hay que decir que esa nueva moto nunca paseó a Emma Suárez, estos días tan paseada por platós y escenarios, y radios. No paseó a casi nadie porque se gustaba mucho a sí misma, por eso decidió continuar sus días en Bembibre, qué cosas y avatares.

Esa nueva moto casi sustituyó a una muy cañera y veterana que me regaló mi amigo Mikel, cuando yo era más feliz e indocumentado que ahora, o casi lo mismo. Todavía cabalgaba sobre Vallejo, por eso en Pons me confundieron con un extraterrestre: el mono naranja fosforito y el casco integral recién estrenado: “¿ha visto pasar por aquí a una moto?” pregunté. No me encerraron. Menos mal.

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